domingo, 18 de marzo de 2012

Doctora Elena Catena, "in memóriam"


Doctora Elena Catena, "in memóriam".

El pasado jueves, día 19 de enero, murió en Madrid mi querida profesora y amiga, la doctora Elena Catena. No quiero hablar de sus méritos personales y profesionales, de la innegable importancia de su figura en el terreno académico universitario, de su extraordinaria contribución a la edición y divulgación de los clásicos literarios (singularmente la realizada dentro de la editorial Castalia), de su decidida labor para dignificar el papel de la mujer dentro de una sociedad que se lo negaba, tanto en el terreno intelectual, como en el más cotidiano de la vida familiar... No quiero hablar de ello, porque esos son los datos objetivos de su vida, y basta echar un vistazo a los catálogos editoriales, a las hemerotecas, basta consultar cualquier mínima base de datos sobre la historia y crítica literarias de los últimos cincuenta años, para constatar unos hechos que son incuestionables. Voy a hablar de la doctora Catena que conocí y con la que compartí unos años importantes de mi vida. Voy a hablar de mi profesora, de la que tanto aprendí y cuyo legado, personal y académico, forma parte, hoy, de la historia de mi vida.
Cuando conocí a la doctora Elena Catena, yo ya era profesora de lengua y literatura de enseñanza secundaria y era una de sus estudiantes en un curso de Doctorado de la Facultad de Filología de la Complutense. Ella era entonces profesora emérita. Algunos de mis compañeros de estudios, los aspirantes a ser futuros doctores, eran ambiciosos y pretendían abrirse camino en el resbaladizo terreno de la investigación literaria. Vivían obsesionados con  la idea de encontrar un buen tema de tesis y una autoridad académica suficientemente importante y bien relacionada que estuviera dispuesta a dirigirla. Algunos de mis compañeros estaban becados por la universidad y tenían un tiempo limitado para desarrollar su trabajo. Otros, símplemente, tenían prisa porque la edad nos hace ser impacientes, y la dedicación exclusiva a la tesis les obligaba a renunciar, momentáneamente, a cualquier otro proyecto de trabajo.
Pero yo era una estudiante de Doctorado atípica. No tenía ni idea de qué tipo de tesis me apetecía hacer. No tenía ninguna prisa por hacerla y terminarla. No tenía ambiciones académicas. No tenía interés por dedicarme a la investigación. Yo ya tenía una profesión que me gustaba, unas condiciones laborales dignas y estables y había vuelto a la Facultad simplemente para completar y ampliar mi formación. Pero, sobre todo, había vuelto a la Facultad porque atravesaba uno de los momentos personales más difíciles y delicados de mi vida. Buscando algo que no sabía definir. Y dispuesta a abandonar sin remordimientos si no lo encontraba. En cualquier caso, el título de Doctora, tal cual, no lo necesitaba para nada.
La cuestión es que me aburría enormemente en los cursos de Literatura Contemporánea en los que me matriculé. Hasta que empecé a asistir a las clases de la doctora Catena y toda mi perspectiva sobre la investigación literaria empezó a cambiar.
Para empezar, la doctora Catena exhibía sin pudor la vanidad de ser Doctora; es más, le encantaba que la llamásemos así: "Doctora Catena". Nada de "doña Elena" o "señora doña Elena", nos decía, "si alguien quiere llevarse mal conmigo lo conseguirá fácilmente en cuanto me llame así un par de veces"... Proclamaba a los cuatro vientos el orgullo de haber dedicado su vida a la investigación literaria y a la docencia en su "querida facultad", hasta el punto de que su condición de Doctora estaba inequívocamente unida a su propia identidad. Y no estaba dispuesta a admitir en su círculo cercano a las personas que no tuviesen una mínima sensibilidad para comprenderlo.
En segundo lugar, ella transmitía la idea de que la literatura y la vida van irremediablemente unidas. En todos los sentidos. Su dedicación a la literatura no era sólo su profesión sino una fuente inagotable de experiencias y conocimiento. Cada texto estudiado, cada obra leída y comentada en clase, remitía inmediatamente a un universo de sentimientos, sensaciones, reflexiones, anécdotas personales, verdades recién descubiertas, principios inamovibles que empezaban a ser cuestionados, pensamientos asociados, recuerdos y semblanzas, planteamientos espontáneos, sorprendentes percepciones de la realidad... La doctora Elena Catena explicaba literatura explicándose a sí misma, y no hablaba nunca de sí misma sin encontrar un referente literario que apuntalara su lugar en el mundo.
Y luego, estaba su infatigable amor por los libros, de los que había aprendido tanto y a los que tanto debía. La doctora Catena tenía siempre en mente un título, una frase, una cita literal, extraída de un libro que había leído alguna vez y del que conservaba en mente detalles minuciosos. Entonces ya se quejaba de que su memoria empezaba a jugarle malas pasadas; sin embargo, era asombrosa la precisión con que era capaz de recordar lo que había leído, aunque hubiera pasado mucho tiempo. Algo sólo explicable a partir de la veneración y la pasión que una lectora inteligente y sensible podía desplegar a la hora de disfrutar de unas líneas escritas.
Gran conversadora, amena, divertida, visceral, con un peculiar sentido del humor y una personalidad fuerte, incapaz de las medias tintas, siempre dispuesta a poner toda la carne en el asador, sin moderación alguna a la hora de mostrar sus simpatías y sus antipatías (personales o literarias, daba lo mismo)... Sus clases se me pasaban en un santiamén. Y siempre me iba de allí con la sensación de haber aprendido, de haber ampliado el horizonte... Y siempre me iba dándole vueltas a cuestiones nuevas que nunca antes se me habían ocurrido (a pesar de haber terminado una carrera de Filología), o a nuevos puntos de vista que jamás me había planteado, con nuevos proyectos de lectura en el horizonte, después de escuchar a la doctora Catena. Con la sensación de que, de alguna extraña manera, mi vida empezaba también a llenarse de literatura y era, por esa razón, más rica e interesante que antes.
Un día, a la salida de clase, me preguntó hacia dónde iba, me explicó el itinerario que iba a seguir en coche y se ofreció a llevarme. A mí y a otros compañeros. Era algo que hacía habitualmente, a veces bajo convocatoria colectiva: "Si alguien va a hacia Avenida de América, lo llevo". Siempre salía de la Facultad con el coche cargado de estudiantes, que se iban apeando en diferentes lugares del recorrido. Desde ese día, me iba con ella en el coche muchas veces y ahí fue donde tuve la oportunidad de tratarla de una manera más personal. Me sorprendía mucho su carácter tan accesible, que no era, en absoluto, común con el que exhibían el resto de sus colegas del ámbito universitario. El hecho de ofrecer su coche a los estudiantes ya era bastante elocuente en sí mismo. Pero mucho más extraordinario era el viaje, donde la doctora Catena hablaba sin parar, de todo tipo de cosas (de literatura, también), siempre genial y ocurrente, inteligente y sabia, simpática y cercana... Y es que las relaciones humanas eran la otra piedra angular, hasta ahora desconocida, de su carácter, que aún me quedaba por descubrir de ella.
La doctora Catena era mi profesora, pero, desde el principio, me trató con tanto afecto que no me dejó más opción que quererla. Luego, me ofreció uno de los mejores regalos que me han ofrecido en mi vida: "¿Sobre qué quieres hacer la tesis?" me espetó un día sin más, cuando ya me estaba bajando de su coche. Yo fui sincera. No lo sabía. No tenía ni idea. Pero la pregunta me había dejado desconcertada. A menudo, había participado en conversaciones de mis compañeros donde cada cual relataba el calvario personal que suponía buscar un director de tesis. Después de insistir, hacer guardia en la puerta de muchos despachos, abordar a los profesores por los pasillos, dejar recados múltiples, enviar cartas para suplicar una mínima entrevista de diez minutos..., los potenciales doctorandos recibían, de manera formal, una propuesta de investigación, a menudo extraña o en contradicción con sus propios gustos o intereses, que debían aceptar o no, sin dilaciones. Los profesores de la Facultad tenían muy claro el tipo de trabajo que querían dirigir y sólo aceptaban dirigirlo si se ajustaba exactamente a sus pretensiones. No se admitían sugerencias. Así que la pregunta, por lo atípico e inesperado del contexto, me dejó un poco bloqueada y no supe qué decirle.
La doctora Catena era demasiado inteligente... Ella se dio cuenta de mi turbación, así que, sin más preámbulos, me propuso quedar una tarde para tomar un café y hablar más despacio del asunto. Ella era así, impredecible, espontánea y extraordinaria. Cerré la puerta del coche y ella arrancó muy rápidamente, con toda naturalidad, aprovechando que el semáforo se había puesto en verde.
Unos días después se produjo la entrevista. Conversamos largamente, escuchó lo que yo tenía que decir y después, me indicó algunas sugerencias. Muchas sugerencias, diría yo. Me apabulló con datos, me ofreció tres o cuatro ideas para una tesis que podían resultar interesantes, me explicó, con una perspectiva lúcida y realista, las ventajas e inconvenientes de cada proyecto... "Y ahora, te voy a proponer otra cosa..." me dijo. Y entonces me ofreció la posibilidad de realizar una tesis diferente, algo que nunca se había hecho en España, aunque sí en otras universidades extranjeras. Me regaló la idea de realizar una tesis sobre la historia de la editorial Aguilar y su impacto en la cultura española. Me avisó de que no iba a ser un camino fácil, pero también vaticinó que podía ser un trabajo apasionante. Y me dijo que me lo pensara todo bien, sin prisas. Ella estaba dispuesta a dirigir mi tesis, fuera cual fuera mi decisión. Sólo me impuso un requisito: "Elige una tesis que te guste".
Le hice caso y lo pensé muy bien. Yo soy indecisa por naturaleza, pero no me costó gran esfuerzo decantarme por el proyecto de Aguilar. Nunca me he arrepentido de esa decisión. Me embarqué en una investigación que duró diez años, pero, en efecto, el trabajo no sólo fue apasionante desde el punto de vista académico, sino que fue, además, más que enriquecedor en el terreno personal. Leí, leí, leí...; consulté volúmenes, catálogos, ficheros, revistas, informes de censura...; leí, leí, leí...; busqué información en bibliotecas, en archivos, en librerías antiguas... Conocí a personas excelentes que habían estado vinculadas a la editorial, como Arturo del Hoyo o Antonio Jiménez-Landi, que accedieron a ser entrevistados por mí, que me contaron su experiencia, que me regalaron el relato de sus vidas con extraordinaria generosidad. Leí y seguí leyendo muchísimo, porque el catálogo de Aguilar era y es inabarcable...
Pero sobre todo, durante esos años, compartí todo esta experiencia magnífica con la doctora Catena. Hablábamos muy a menudo y quedábamos de cuando en cuando. Yo empezaba contando cómo iba mi investigación pero, enseguida, terminábamos hablando de todo, de cualquier cosa, de sociedad, de política, de feminismo, de literatura, de la vida... Conversaciones interminables, que se prolongaban durante horas. Porque para la doctora Catena, vida y literatura eran un poco lo mismo. Y para mí, durante aquellos años, empezaban a serlo también. Y ya lo siguieron siendo siempre.
Después de diez años, en 2000, el día de la lectura de mi tesis, la doctora Catena dirigió unas palabras a los miembros del Tribunal: "Como directora de tesis, lo único que tengo que decir es que esta es la única tesis de mi vida que no he dirigido". Un acto de generosidad que yo no esperaba, y que provocó una reacción de perplejidad no disimulada entre sus colegas. Era verdad. desde el punto de vista estrictamente objetivo, me había dejado total libertad para orientar y desarrollar mi investigación. Yo me limitaba a mantenerla informada de mis pasos y mis descubrimientos. Y ella me sugería algunas cosas, pero siempre daba por bueno todo lo que yo le presentaba.
Lo que no dijo fue que todo lo que yo viví y aprendí junto a ella, en esos años de profunda amistad, revertía en el trabajo de investigación que estaba realizando. Mi profesora nunca me decía lo que tenía que hacer. Ella, simplemente, me iba colocando al principio de cada uno de los posibles caminos que podía tomar y me invitaba a iniciar el viaje, con la mochila llena de todo lo necesario para abordar las dificultades: el sentido común, el sentido crítico y, sobre todo, la pasión por aprender, comprender y descubrir el mundo a través de la literatura, algo de lo que me daba sobrado ejemplo cada minuto que pasaba con ella. Ojalá yo lograra transmitir a mis alumnos una milésima parte de todo lo que aprendí de ella.
Pocas veces es posible canalizar el dolor y la sensación de pérdida cuando muere un ser querido. En estos últimos días he vuelto a revisar mis antiguos papeles y notas, he releído algunos capítulos de mi tesis y me han venido a la mente tantos recuerdos, tantas vivencias, tantos momentos preciosos...Al final, la tesis, en sí misma, fuera de su validez como titulación académica, no me valió de mucho. Pero fue una excusa formidable para aprender cosas, para progresar, para enriquecerme, para vivir... Al cabo del tiempo, me es imposible releer una sola de sus líneas, sin que me venga a la mente una imagen, una frase, un momento compartido con la doctora Catena.  No es difícil soportar la pérdida de un ser querido que ha dejado toda tu vida tan llena de de sí mismo.
Mi querida doctora Catena, donde quiera que estés, "in memóriam".

En este enlace, Inmaculada de la Fuente, escribe unas hermosas palabras sobre la doctora Elena Catena.

http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Elena/Catena/impulsora/literatura/femenina/elpepinec/20120124elpepinec_2/Tes

domingo, 4 de diciembre de 2011

Zenobia Camprubí: detrás de un hombre importante, una mujer importante


Nadie puede poner en duda el lugar eminente que ocupa Juan Ramón Jiménez en la historia de la literatura española. Puente natural entre el Romanticismo y las Vanguardias, su nombre es el punto de partida de la modernidad en las letras españolas y su influencia posterior en otros escritores llegará a ser imprescindible hasta nuestros días.
En este enlace se recoge, a modo de resumen, información relativa a la vida y obra del que llegó a ser Premio Nobel de Literatura:
http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/jrj/default.htm


A la sombra, oculta bajo la poderosa figura del genio, esta mujer "importante" se ocupó durante cuarenta años de respaldar y apuntalar la figura de su marido, quien, en parte gracias a ella, llegaría a ser uno de los grandes pilares que sustentarán la poesía contemporánea. Zenobia, que se había educado en Estados Unidos, era una mujer culta y refinada, activa, emprendedora, viajera, sabía idiomas, escribía cuentos y diarios, asistía a conferencias, leía mucho, estaba comprometida con la causa feminista y participaba en numerosos proyectos solidarios... Además, fue traductora y realizó las primeras ediciones en español e inglés del filósofo hindú Rabindranath Tagore.
Pero su actividad principal, desde que en 1916 se casara con el poeta de Moguer, fue trabajar incansablemente para que el artista pudiera desarrollar su creatividad sin molestias ni interrupciones, incluso en circunstancias muy difíciles, como el exilio y la enfermedad. Además de controlar sus textos, pasarlos a máquina, organizar y supervisar las ediciones de los mismos, negociar los contratos de edición, organizar actividades y contactos con otros poetas e intelectuales de su tiempo, etc, con una dedicación que podría equiparse a la de un agente literario actual, Zenobia se ocupaba de solucionar todos los problemas domésticos del artista (lavar y coser, limpiar la casa, hacer la comida...), además de proporcionarle el sustento económico necesario para que él no trabajara y pudiera escribir todo el tiempo... !Incluso fregando escaleras a cambio de muy poco dinero!
En este sentido, no llevó una vida muy diferente a la de otras muchas mujeres de su generación, que, siendo por sí mismas excepcionales y sobresalientes, se vieron abocadas a desarrollar su potencial a la sombra de un personaje masculino, compaginando sus intereses y proyectos con las actividades que en aquel tiempo se consideraban propias de su sexo. Mujeres en un mundo diseñado a la medida de los hombres, recluidas en el limitado espacio del hogar y la familia.
Gracias a Zenobia, Juan Ramón, que era un ser huraño, poco social, depresivo, maniático e incapaz de hacer frente a las necesidades prácticas de la vida cotidiana, pudo dedicarse por entero a la creación artística. Nuestra historia literaria le debe mucho y es justo recordarla como una de las mujeres "importantes" del siglo XX.


En este enlace, el escritor Manuel Vicent reivindica su figura:
http://www.elpais.com/articulo/portada/Zenobia/Camprubi/heroina/sombra/elpepuculbab/20110101elpbabpor_36/Tes


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sábado, 8 de enero de 2011

Serrat sigue los caminos de Machado

nicolasramospintado.wordpress.com




En su afán por poner su música al servicio de los 
grandes poetas, Serrat  también editó su peculiar 
versión de los "Proverbios y Cantares" de 
Machado.
Todo pasa y todo queda  pero lo nuestro es pasar,  pasar haciendo caminos,  caminos sobre la mar.    Nunca perseguí la gloria,  ni dejar en la memoria  de los hombres mi canción;  yo amo los mundos sutiles,  ingrávidos y gentiles  como pompas de jabón.  Me gusta verlos pintarse de sol y grana,  volar bajo el cielo azul,  temblar súbitamente y quebrarse...  Nunca perseguí la gloria.  Caminante son tus huellas el camino y nada más;  caminante, no hay camino se hace camino al andar.  Al andar se hace camino  y al volver la vista atrás  se ve la senda que nunca   se ha de volver a pisar.  Caminante no hay camino sino estelas en la mar... Letra de Caminante no hay camino - Joan Manuel Serrat - Sitio de letras.com Hace algún tiempo en ese lugar  donde hoy los bosques se visten de espinos  se oyó la voz de un poeta gritar  Caminante no hay camino, se hace camino al andar...  Golpe a golpe, verso a verso...  Murió el poeta lejos del hogar  le cubre el polvo de un país vecino.  Al alejarse, le vieron llorar.  "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar..."    Golpe a golpe, verso a verso...  Cuando el jilguero no puede cantar  cuando el poeta es un peregrino,  cuando de nada nos sirve rezar.  Caminante no hay camino, se hace camino al andar.  Golpe a golpe, verso a verso. (3 bises)

Serrat canta a Miguel Hernández

eluniversal.com.mx
En 1972 el cantautor, músico y poeta Joan Manuel Serrat edita un disco dedicado íntegramente a poner música a los poemas de Miguel Hernández. A este disco pertenecen los dos poemas que te ofrezco en esta entrada.
Las "Nanas de la cebolla" es uno de los textos más emblemáticos del poeta. Lo escribió en la cárcel, en el último tramo de su vida y ya muy enfermo. El punto de partida fue una carta que le envió su mujer, donde le comentaba que ella y el hijo de ambos estaban pasando muchas penurias y había días en que sólo podía alimentar al niño con pan y cebolla.
Es, sin duda, la canción de cuna más trágica de la literatura española. Se incluyó en su libro "Cancionero y romancero de ausencias" (1958), que se publicó póstumamente en Buenos Aires, ya que en España el poeta estaba prohibido por la censura.


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
[Más Letras en http://es.mp3lyrics.org/9J5]
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Desperté de ser niño
nunca despiertes.
Triste llevo la boca
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Aquí os ofrezco otro de los grandes poemas del autor de Orihuela. Es una hermosa elegía dedicada a un  amigo de toda la vida que acababa de morir.


Elegía a Ramón Sijé
(En Orihuela, su pueblo y el mío,
se nos ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería...)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


En 2010, coincidiendo con el centenario del autor, Serrat edita su segundo disco dedicado a Miguel Hernández, con el título "Hijo de la luz y de la sombra". Si quieres leer sobre la rueda de prensa que concedió Serrat al inicio de su gira en ese miso año aquí tienes el enlace. 

viernes, 31 de diciembre de 2010

"Venceréis pero no convenceréis"



Miguel de Unamuno, el 12 de Octubre de 1936, durante la celebración del Día de la Raza en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, protagonizó un sonado enfrentamiento con el general Millán Astray, héroe de la Legión y prototipo de los ideales que sustentaron la sublevación militar y provocaron la guerra civil española.
Reproduzco aquí las palabras del historiador Paul Preston, extraídas de su libro "Las tres Españas del 36" (1999), donde rememora dicho enfrentamiento.
Este incidente ha sido valorado como una reivindicación del valor de la inteligencia frente a la brutalidad de los poderosos, que emplean la fuerza como único mecanismo de persuasión. Suele utilizarse como ejemplo de la libertad de pensamiento que no se puede doblegar ni manipular.
Después de reflexionar acerca de las palabras y la actitud personal de Unamuno, es más fácil comprender por qué los intelectuales son, generalmente, perseguidos y eliminados sistemáticamente por los regímenes totalitarios, sean de la índole ideológica que sean.
Así que la frase, sacada de su contexto, viene a proclamar una verdad universal con plena vigencia en la actualidad.


"Poco después de empezar a encargarse de popularizar la imagen de Franco, Millán participó en un incidente que, a ojos del mundo extranjero, caracterizaría al régimen franquista. Tuvo un encontronazo con el rector de la Universidad de Salamanca, el filósofo y novelista Miguel de Unamuno, de 72 años. El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la universidad se celebraba el Día de la Raza, aniversario del "descubrimiento" de América por Colón.
Millán había llegado escoltado por sus legionarios armados con metralletas. Varios oradores soltaron los consabidos tópicos acerca de la "anti-España". Un indignado Unamuno, que había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado discurso. "Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (... ) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...".

En ese punto, Millán empezó a gritar: "¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?". Su escolta presentó armas y alguien del público gritó:¡Viva la muerte!". En lo que, según Ridruejo, fue un exhibicionismo fríamente calculado, Millán habló: "¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!". Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de "¡viva España!". Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno.
"Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ’¡viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la,muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...
Furioso, Millán gritó: "¡Muera la inteligencia!". En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó: "¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!". Unamuno no se amilanó y concluyó: "¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España". Millán se controló lo suficiente como para, señalando a la esposa de Franco, ordenarle: "¡Coja el brazo de la señora!", cosa que Unamuno hizo, evitando así que el incidente acabara en tragedia.
Esa misma tarde, los guardias cívicos de Salamanca dieron una cena en honor de José María Pemán, presidida por el alcalde. Al regresar al Gran Hotel, Millán se presentó en el vestíbulo y, ante un público perplejo, lo abrazó y le ofreció su propia "medalla de sufrimientos por la patria". No ha quedado claro si lo que Millán pretendía era neutralizar los posibles efectos negativos de su ataque a la inteligencia o congraciarse con el escritor. En opinión de Franco, Millán se había comportado como era debido en la confrontación con Unamuno."



domingo, 26 de diciembre de 2010

Precioso discurso de un Nobel

Aquí tenemos el enlace que nos lleva directamente al discurso de aceptación del Nobel que pronunció Vargas Llosa hace unos días en Estocolmo: El magnífico testimonio de un hombre íntegro, cuya vida ha estado condicionada por la Literatura y dedicada a ella. Además de ameno e interesante, aporta no pocos datos y opiniones personales del autor sobre los temas más diversos, incluidas sus polémicas ideas políticas, en un ejercicio extraordinario que define la literatura como una actividad totalizadora, que abarca todos y cada uno de los aspectos de la vida, tanto la pública como la privada, tanto en el ámbito del lector como en el del creador.


http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/2010/vargas_llosa-lecture_sp.pdf

martes, 7 de diciembre de 2010

EL "Quijote" ya tiene edición interactiva en línea




Muchos de nosotros tenemos un Quijote en casa. Ahora también lo tenemos en la web, en esta edición interactiva que ha preparado la RAE. Si quieres familiarizarte con sus páginas pincha el enlace. 
A partir de ahora, plantearemos nuevas actividades, que para algo tenemos las aulas TIC. Ya no tendré que ir cargada con los "quijotes" o las fotocopias para leer fragmentos en clase... Y nadie podrá ponerme la excusa de que no tiene el libro en su casa y comprarlo es carísimo...


viernes, 26 de noviembre de 2010

!Enhorabuena!


Ana Mª Matute acaba de ganar el premio Cervantes, el más importante de los galardones literarios en lengua española. Merecidísimo reconocimiento para una autora que se negó a desterrar la sensibilidad, la imaginación y la belleza de sus relatos, en una época (los años 50) en que sus coetáneos se decantaron por la ética social, en detrimento de la estética literaria. Reproduzco aquí mi cuento favorito de la autora. Pertenece a su libro "Historias de la Artámila" (1961)

LA RAMA SECA

Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:

-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.

Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con "Pipa".

Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.

-¿Qué haces, niña?

La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.

-Juego con "Pipa" -decía.

Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.

-¿Con quién hablas, tú?

-Con "Pipa".

Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por "Pipa". Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:

-Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos...

-Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado...

Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.

-Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar -se decía.
2
Un día, por fin, se enteró de quién era "Pipa".

-La muñeca -explicó la niña.

-Enséñamela...

La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.

-No la veo, hija. Échamela...

La niña vaciló.

-Pero luego, ¿me la devolverá?

-Claro está...

La niña le echó a "Pipa" y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. "Pipa" era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.

-¿Me la echa, doña Clementina...?

Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a "Pipa" hacia la ventana. "Pipa" pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.

Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con "Pipa".

-"Pipa", no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, "Pipa", cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, "Pipa"... Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña...

La niña hablaba con "Pipa" del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a "Pipa" en las rodillas, y la hacía participar de su comida.

-Abre la boca, "Pipa", que pareces tonta...

Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
3
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:

-¿Y la pequeña?

-Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.

-No sabía nada...

Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.

-Sí -continuó explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir... ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.

Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.

La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:

-¡Pascualín! ¡Pascualín!

Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.

-Hola, pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?

La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.

-Sabe usted -dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a "Pipa", que me aburro sin "Pipa"...

Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.

Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.

-Pascualín -dijo doña Clementina.

El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.

-Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.

Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.

-¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!

Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.

Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de "Pipa":

-Que me traiga a "Pipa", dígaselo usted, que la traiga...

El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.

-Yo te voy a traer una muñeca, no llores.

Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:

-Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.

-Baja -respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
4
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado "El Ideal". Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En "El Ideal" compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. "La pequeña va a alegrarse de veras", pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.

Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.

-¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar...!

Cortó sus exclamaciones.

-Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete...

Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.

-Ay, cuitada, y mira quién viene a verte...

La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.

-Mira lo que te traigo: te traigo otra "Pipa", mucho más bonita.

Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.

Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.

-No es "Pipa" -dijo-. No es "Pipa".

La madre empezó a chillar:

-¡Habrase visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada...!

Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).

-No importa, mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.

Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.

-¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta...!

Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:

-Te traigo a tu "Pipa".

La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.

-No es "Pipa".

Día a día, doña Clementina confeccionó "Pipa" tras "Pipa", sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.

-Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas... ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos...

-¿Se va a morir?

-Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa... ¡Va a ser mejor para todos!
5
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por "Pipa" y su pequeña madre.
6
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a "Pipa" entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.

-Verdaderamente- se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!
FIN

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Presentación de Miguel de Cervantes

Esta es una presentación que preparé para mis alumnos durante el curso pasado con Patricia, a partir de las clases que nos dio sobre PowerPoint. Aprovecho para colgarla aqui.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Teoría

Generación del 27 (Apuntes de 4º de ESO)
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Vargas Llosa, flamante Nobel: No sólo hay que leerlo sino también escucharlo

En esta pequeña conferencia, el autor peruano, reciente Premio Nobel de Literatura, expresa, de manera sencilla y comprensible para cualquiera, algunas de las claves más importantes que ha seguido como escritor de novelas. Interesantísimo, viniendo de uno de los más grandes novelistas del mundo de los siglos XX y XXI. "Varguitas", todavía no hemos llegado a saber "en qué momento se jodió el Perú", pero es claro que te merecías el premio.









Lorca y Manzanita: Sonámbulos.

ROMANCE SONÁMBULO


A Gloria Giner
y a Fernando de los Ríos


Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

*

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

*

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
dejadme subir, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

*

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

*

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está mi niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

*

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche su puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

2 de agosto de 1924


Federico García Lorca



Esta es la versión que hace Manzanita del mismo romance de Lorca:



La luna de Lorca y la de Mecano

Aunque diferentes en el tiempo y en el lenguaje empleado (Lorca fue un gran poeta con dotes musicales y José Mª Cano es un músico seducido por la poesía), los dos autores, salvando las distancias, escribieron sobre una luna mítica, personificada y fascinada por los niños, que requiere siempre de trágicos sacrificios humanos.


ROMANCE DE LA LUNA. Federico García Lorca


a Conchita García Lorca



La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.


Federico García Lorca, 1928


HIJO DE LA LUNA: MECANO. (LETRA Y ABAJO MÚSICA)


Tonto el que no entienda.
cuenta una leyenda
que una hembra gitana
conjuró a la luna
hasta el amanecer.
llorando pedía
al llegar el día
desposar un calé.
"tendrás a tu hombre,
piel morena,"
desde el cielo
habló la luna llena.
"pero a cambio quiero
el hijo primero
que le engendres a él.
que quien su hijo inmola
para no estar sola
poco le iba a querer."
Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.
a-ha-ha, a-ha-ha, 
hijo de la luna.

de padre canela
nació un niño
blanco como el lomo
de un armiño,
con los ojos grises
en vez de aceituna --
niño albino de luna.
"¡maldita su estampa!
este hijo es de un payo
y yo no me lo callo."
Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.
a-ha-ha, a-ha-ha, 
hijo de la luna.
Gitano al creerse deshonrado,
se fue a su mujer,
cuchillo en mano.
"¿de quién es el hijo?
me has engañado fijo."
y de muerte la hirió.
luego se hizo al monte
con el niño en brazos
y allí le abandonó.
Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.
a-ha-ha, a-ha-ha, 
hijo de la luna.
Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.
y si el niño llora
menguará la luna 
para hacerle una cuna.



domingo, 21 de noviembre de 2010

Generación del 27 en imágenes

Ya existía la fotografía, pero todavía tenemos muy pocos documentos en imagen de estos autores a los que se pueda acceder fácilmente desde la web.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Cervantes y el Quijote

Así han visto algunos artistas, de diferentes condiciones y épocas, a los dos personajes inmortales de Cervantes. Hay una historia de la obra y también una historia de la imaginación y la creatividad que ha despertado el Quijote.